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Es la Revolución, estúpido

Lo que parece más relevante es volver a anunciar que la industria cervecera oligopólica se siente en jaque.

Acá no hay una guerra. Acá hay una Revolución. Acá no hay un bando que busca la muerte del otro. Acá hay un bando que busca más que nada la calidad. Y otro que busca más que nada el negocio. Y como suele acontecer a lo largo de nuestra historia, cada vez que el bando más poderoso se ve desafiado por otro bando, por más minúsculo que este sea, los nervios, la prepotencia, salen a la luz. Y aparecen discursos como el que Quilmes está enarbolando, que hablan de guerra y de paz.

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La cerveza artesanal vino a llenar un vacío. Tal como aconteció con el vino, el consumidor de birra tenía escondido un paladar sofisticado que con las industriales no podía explotar. Hasta que llegaron los aromas, el lúpulo, el amargor, los colores. Fue un boom. Hoy las principales ciudades del país tienen bares de birra artesanal por doquier. Y no llama la atención.

Ninguna cerveza industrial que pudiese conseguirse en el país hasta hace 10 años atrás, o aún menos, podía siquiera acercarse a la complejidad de una artesanal promedio.

Ni hablar de marcas como Cheverry, Juguetes Perdidos, Granero de Finn, Itzel, Minga y tantas otras. Quilmes, que no tuvo prácticamente competencia en el mercado durante décadas, debió volver a la receta original como si antes estuviese ofreciendo otro brebaje, vaya uno a saber qué. Las cervezas artesanales aprovecharon el vacío dejado por una industria que durante años se sintió sin competencia y, por lo tanto, sin necesidad de perfeccionar sus marcas. El público, hoy amante de la birra artesanal, estaba ahí, cautivo. Y hubo quienes supieron mirar con atención. Y actuar en consecuencia. A esto le llaman guerra.

No quiero entrar de lleno en la polémica de si Mesta Nostra, actual campeón reinante de la Copa de Cervezas Artesanales Argentinas, debía o no cerrar este convenio con Quilmes, que dará lugar a la “Pinta de la Paz”. Lo que parece más relevante es volver a anunciar que la industria cervecera oligopólica se siente en jaque. Que lucharán hasta el final por no perder su posición dominante en el mercado. Pero que la revolución acaba de arrancar. Y parece imparable.

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